Grabador, escritor y autodidacta incurable. Esta es la historia de cómo llegué hasta aquí.
Nací en Barcelona en 1981 y me crié en Sevilla. De niño era el que no encajaba: el que estaba solo en una esquina del patio, moliendo arena entre las manos mientras los demás jugaban al fútbol, y el que suspendía todo lo que exigiera memorizar. A los trece años dejé la escuela — y fue lo mejor que me pasó, porque me esperaba un taller de grabado y un maestro: Juan, mi padrastro, el hombre al que llamo padre. Él me puso un buril en la mano y me enseñó que la vida no se piensa: se construye.
Desde entonces no he parado de construir, siempre por caminos raros. Me saqué el graduado y el acceso a grado superior yo solo, de adulto, estudiando en la mesa de mi cocina — sin memorizar nada, porque no puedo: entendiéndolo todo. Fui jardinero. Me hice programador. Y me obsesioné con un arte americano que casi nadie conocía en España, el hobo nickel, hasta que mis monedas —grabadas a mano, a puro empuje, firmadas Ignacio Fayol en honor a Juan— acabaron en colecciones de medio mundo.
También me caí. Una separación, la muerte de mi padre y la enfermedad de mi madre, todo a la vez, me dejaron en el punto de partida con más de treinta años. Compré la casa más barata y ruinosa que encontré, en Olivares, y la reconstruí con mis propias manos en plena pandemia — sin saber de obras y sin poder imaginarme el resultado. Hoy es mi hogar.
Y a los cuarenta y cuatro años, leyendo un libro a las seis y media de la mañana, descubrí la palabra que explicaba mi vida entera: afantasía. Mi mente no puede formar imágenes. Nunca pudo. Todo lo que he conseguido —los estudios, los oficios, el arte, la casa— lo conseguí sin poder visualizar nada de ello. De ese descubrimiento nació mi primer libro, Visualiza una manzana, y de paso una editorial, Farré Books, porque tengo unos cuantos libros más esperando su turno.
Vivo cerca de Sevilla con mi mujer, sigo levantándome a las seis y media a leer, y sigo haciéndolo todo de la única manera que sé: la mía.